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26/1/15

Claridad

Es difícil hablar de cómo me siento cuándo no tengo ni la más mínima idea de qué es lo que siento. Es como describir un vacío que no lo es, un silencio que en su constancia se ha vuelto canción. La claridad es un don tan escaso hoy día que, cuando tienes un atisbo de ella, nace la necesidad de escribir torres de páginas con el regalo que ella te brinda. ¿Dónde habrá quedado mi suerte? ¿Cuándo tendré el regalo de ver lo que no puedo querer no poder ver?

Si tan solo fuese dueño de esos minutos, los escurriría en hojas para no olvidar que sí, que yo sí pude ver profundo en la oscuridad que se esconde detrás de mi arquitectura social de todos los días. Sin deseo, sin aspiración... meramente aprendiendo a amarse para entender que las sobras y huesos que te ofrecen no las mereces. Toma coraje aventurarse a tus cantones más salvajes, a verte en lo primitivo.

Se agradece el gesto de piedad, pero la simpatía esta sobrevalorada. Prefiero los picosegundos de ternura que tus milenios de cortesía. Adiós extraño, tú que eres tantos. Al rato te diré hola de nuevo, porque sé que evadirse de tu laberinto es trabajo eterno.

7/4/14

De "la salida" a "la alternativa"

Dos meses, decenas de muertos, cientos de heridos y miles de detenidos después, ¿qué nos han dejado las protestas como ganancia? ¿Estamos más cerca de "la salida"?

Yo siento que no. Siento que estamos en un punto muerto, un estancamiento causado por la falta de escrúpulos del Gobierno Nacional/PSUV/"Instituciones" del Estado y por la falta de cohesión en la oposición. Sin referirme mucho a lo que no podemos cambiar (la carencia de valores democráticos de todo el aparato partidista del PSUV), esta riña interna entre los opositores nos está haciendo cuesta arrriba el logro del objetivo común de todos: cambiar de una buena vez a este país, entendiendo que el cambio no termina en tener otro presidente, sino tener una Asamblea Nacional que legisle para el país y no para un partido, que el Tribunal Supremo de Justicia y Fiscalía Nacional trabajen en pro de la justicia y no de los intereses de un grupo de poder, que tengamos una Defesoría del Pueblo y una Contraloría General que de verdad cumplan con su labor constitucional, etc, etc...

Y es que la falta de cohesión es lo que me ha perturbado desde el inicio: ningun líder o factor político-social debería tratar de imponer su agenda sobre la de otros, mucho menos cuando entre todos queremos lo mismo, porque al final el esfuerzo de divide. Y no hablo de la MUD que, en mi opinión, solo debería entenderse como una coalición electoral. Hablo de la sociedad en general. Y hablo especialmente del valor de la lucha no violenta como mecanismo de cambio en las sociedades.

Cuando aquel 27 de Mayo de 2007 yo, junto a miles de mis compañeros, salimos a las calles a denunciar el abuso y el autoritarismo con el que se silenció a un medio de comunicación nacional y se prentendía cambiar la constitución, ninguno de los que estabamos allí tenía una agenda, ni una estrategia, ni una hoja de ruta de como hacer las acciones de calle que eventualmente llevaron a la derrota de la Reforma Constitucional. En esos días en los que probé por primera vez el asqueroso sabor de los gases lacrimógenos a los que tanto me acostumbraría después, había poca articulación, pero sí mucha cohesión entre todos: el ideal de que este país se merece mucho más y que lo podemos cambiar, que podemos todos vivir en paz y en prosperidad. Yo en esos dias era (y sigo siendo) una cara más del montón de rostros en las calles, un par de manos más alzadas al cielo pintadas de blanco que le gritaba al país y al mundo que la enorme mayoría de los jóvenes no creía (y estoy seguro que sigue no creyendo) en la violencia como un medio para arreglar las cosas.

Claro, en esa época estabamos embriagados con el idealismo del verdadero amor a la Patria, ese que te hace decirle a tus padres "No me importa si me matan, si con mi sangre este país cambia por fin para bien". Esa era la época en la que nos sentíamos en la gloria subiendo escaleras en Petare para llevar volantes y hacer charlas sobre lo peligrosa que era la Reforma, o cuando por inciativa propia nos bajamos en la estación Perez Bonalde a informar y volantear en el bulevar de Catia. Era la época en la que le veíamos la cara a esa gente que ningún político de esos tiempos parecía querer voltear a ver.

Hoy, pareciera que no hay nada que cohesione a la protesta, aunque existen miles de ideas para hacerlo. Hoy pareciera que solo la desesperación y la rabia aglutinan pero no unen a todas las voces que adversamos a este Gobierno.

Creo que es momento de que todos entendamos que la lucha no violenta y de resistencia es algo que necesita más que una cacerola o una barricada, o que caerle a piedras a la GNB todas las noches en Chacao. Estoy convencido que la respuesta a la represión ya se volvió válida al ver los abusos y crímenes que las polícias y los militares han cometido contra los civiles que deberían proteger, pero quedarse ahí es cometer la tontería de encerrarse en la casa toda una semana a tweetear lo mal que está el país y esperar que con eso se solucionen las cosas.

Siempre se los digo a todo el que conozco que marcha y protesta en la calle en estos días: hay que ver más allá de lo que estamos acostumbrados a ver. Hay que entender que este es un país enorme, es un país demasiado más grande de lo que casi todos piensan. Que no solo somos estudiantes, médicos, empresarios, amas de casa y comerciantes; que somos obreros, buhoneros, chicheros, señoras que limpian, campesinos, autobuseros, manicuristas y perrocalenteros. Y que todos (subrayo el TODOS) son vitales para que el país cambie de verdad. No servirá de nada cambiar de presidente si él o ella no pueden inspirar a todos (subrayo de nuevo el TODOS) los sectores de la sociedad a trabajar duro para sacarnos adelante. No servirá de nada protestar en la calle si el mensaje de democracia y libertad no le llega a todos (de nuevo, bien subrayado, TODOS) y los inspira a creer que no es solo una salida, es una alternativa lo que  necesita Venezuela.

Aún siento que hay tiempo de que todos y cada uno, desde su trinchera particular, vea como podemos construir esa alternativa. La oportunidad que se nos presenta es una de oro. Cohesionemosnos detrás de una idea, detrás de un ideal que haga que todos (Subrayado por última vez, TODOS, oficialistas y opositores) creamos que es posible ese país de progreso, libertad, paz y respeto mutuo.

21/2/14

The Venezuelan Strife

Caracas, February 20th, 2014.

There is a crisis in Venezuela, a crisis that has politic, economic and social roots. Beyond trying to take a stance on the matter, this article is an attempt to explain these roots and their consequences in the country and how these current events are affecting the average hard-working Venezuelan on a daily basis.

I live in a polarized country. Since 1998 the political scenario changed when Hugo Chávez became President and started what he named “Bolivarian Socialist Revolution”. This revolution is supposedly based on the fact that although we had one of the highest GDP per capita in Latin America, about 70% of our people lived in poverty. This inequality was seen as caused by the governmental corruption that intensified in the 70’s and 80’s decades of the past century. Chávez started then a sort of “cleanse” of the political field, effectively crushing the old parties and seizing basically all the institutions and constitutional powers in the Republic.

Today we have a Supreme Court with judges openly supportive of the government party (PSUV), who were appointed by a National Assembly overwhelmingly controlled by this same party. The electoral laws were changed by both institutions to allow a comfortable control of every post that is open to an election because the PSUV counted with a large majority of the voters until at least last year.

The political crisis thus started. The denial of the government party to acknowledged the very existence of the opposition, their views and voices took shape as media censorship, political persecution and the development of an aggressive rhetoric aimed to smash the moral and ideological foundation of any leader who does not share or support the revolution. This lead to a profound division in the Venezuelan society in three ‘sides’: the ‘chavistas’, supporters of Chávez and his party; ‘oppositionists’, who are against the party and their policies; and the so-called ‘ni-ni’ (ni-ni is a wordplay for ‘neither this nor that’) or neutrals, who do not openly support either side but partly mobilize when it’s elections time.




Whenever a society is polarized, conflict arises. The opposition blames the government for all their failed policies while they accuse the opposition of a continuos plan for a coup-de-etat that never comes. But beyond the political elite, this division also affects the lives of the average citizen: a there are parts of the city of Caracas that an oppositionist could never go to without risking an attack by government supporters and political discrimination became a staple in many companies, private or public.

Now, it’s an undeniable fact that the PSUV has won most of the elections that have been contested since 1998. Still, a question arises: does winning an election mean you can impose your view on the minority that does not support you?

Remembering the phrase by Lord Acton: ‘The one pervading evil of democracy is the tyranny of the majority, or rather of that party, not always the majority, that succeeds, by force or fraud, in carrying elections.’ I believe this might be the case in Venezuela.

These types of governments are no strangers to the political dynamic of any society: if they lose their base of supporters, if there is enough discontent, they will fall. Unfortunately, what makes them different from truly democratic governments is that they won’t fall without a fight and, sadly, that is what we are experiencing right now in Venezuela: the struggle to remain in power.




The quality of life in the country has deteriorated at an accelerated rate the past two years. The violence problem affects every corner of Venezuela, from rural towns to big cities, from working class people to wealthy citizens. In 2013 alone, about 25,000 people were killed in violent events, the majority of which are associated with robbery, kidnapping, gang violence and drug trafficking. This number pales in front of the 9,000 dead citizens in Iraq, a country with well-known internal strife. The impunity rate is so high that it’s estimated that from every 10 criminals seized, 9 will be off-charges in less than 48 hours. The murder rate it’s so high that it’s estimated that a Venezuelan is killed every 30 minutes somewhere in the country.

The economic perspective is not a happy one either. The government adopted in 2003 a fixed exchange rate where they enact the value of the dollar and control all the means to acquire foreign currency; this creates a strong distortion in the economy because there are very few dollars with a huge demand. To this day, the exchange is officially fixed at 11.70 bolivars per dollar, but getting currency at this price is very hard for most of the companies and citizens, so a black market emerges where you find the rate at 8 times this value (today it closed at 89 bolivars per dollar). Since most of the goods consumed in the country are not produced in Venezuela (it’s way cheaper to import than to produce internally), the real salary has dropped in value (for example, my salary of 8,000 bolivars equals to roughly 90 dollars, and the average salary in the country is 3,200 bolivars)

This distortion has an even worse side: shortages. Today is a miracle to find all the basic goods in a single place; most Venezuelan must travel to different markets to acquire all they need. And I’m not talking about premium meat or imported cheese; I’m talking about not finding milk, sugar, flour… even toilet paper. Yesterday I was lucky enough to find washing soap, so I bought 3Kg just in case I won’t find it again in months.




All of these things created an explosive mixture in the country. All it took was a little spark to ignite a fire, and the attempted rape by a police man inside a university in the Táchira state did it. The students, outraged by this, went out to the streets of San Cristóbal, the state capital, and started rioting demanding security and punishment to the perpetrators of the crime. The protests kept for a few days gaining momentum is the Andean states until February 12th, day of the youth in Venezuela, when opposition leaders called for a demonstration in Caracas and many other cities in support of the students protest and adding to the mix the demand for economic and political change by the government.

This has unleashed a wave of protests and riots all across the country, mostly by middle-class people. There are 6 people dead officially recognized by the government, but there are reports of many more, including enforced disappearances.  In a single day, the government seized over 300 students, abusing them and in some cases even torturing them, as reports keep coming from local jails.




The use of the force by the National Guard is being strongly criticized; as many images and videos show them shooting tear gas and real bullets to residential buildings and in some cases even illegal squatting. There’s evidence of physical abuse and even murder by these soldiers.

What is left then for the average Venezuelan? Most of the people are discontent, but they are afraid to express it for fear of losing their job or worse, get killed. And the refusal from both, the government and the opposition, to negotiate a solution to the crisis makes many of us feel hopeless. We don’t want more blood in the streets, but we can’t stand as our freedom of speech and press is crushed, as people less than 25 years old get killed in demonstrations and we have to make lines of over 2 hours to get a ration of chicken at affordable prices.

I try every day to remind myself that there is an exit to this, but it is impossible to shake the grim feeling that it won’t come in the short term. My only hope is for the rest of the world to reflect on the Venezuelan situation and the dangers of allowing a political majority to step on the others. 





15/1/12

Mis visiones sobre la utopía

Para mí, el inicio del siglo 21 fue uno de confusión social en el que la mayoría de las sociedades se preguntaba implícitamente "¿era este el mundo que queríamos?".

Y es que durante los inicios de la modernidad, el futuro es observado como algo mejor, más brillante, dónde los ideales humanísticos se cumplían y los habitantes de todas las regiones del mundo serían felices. Con el inicio del estudio científico, los pensadores y filósofos estaban seguros de que el más grande fruto de la ciencia sería un mundo mejor.

La creencia utópica del Renacimiento quizá tomó más fuerza e impulso tras la independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa, principalmente esta última. En los años de la Ilustración, todas las ideas frescas de los filósofos de la época llegaron a las grandes masas, aumentando el sentimiento popular, ese de que "todos somos iguales" y "todos tenemos derecho a vivir en un mundo mejor, más digno y justo."

Esta inspiración, que ha sido nombrada "modernidad" a grosso modo, abarcó entonces todos los campos del saber humano; desde la filosofía hasta las ciencias exactas. Así, químicos, escritores, biólogos y humanistas; estaban todos completamente convencidos de que el estudio de la naturaleza, del hombre y sus relaciones, del universo y todo lo que lo compone, tendría como consecuencia que todos aquellos ideales de un mundo mejor y más feliz fueran ya no ideales, sino verdades. Realmente y, por más de tres siglos, la humanidad tuvo una fe casi ciega en la utopía científica.

Lo más interesante pienso yo, es ver como a finales del siglo 19 parecía realmente que el progresismo como fuente de inspiración, la razón y objetividad científica estaban creando un mundo de verdad mejor. En Europa, la revolución industrial había traído empleos; los avances en medicina permitieron controlar antiguos males y epidemias. Crecieron las ciudades, la educación se puso al alcance de la mayoría y en general, al calidad de vida de la mayoría mejoró en comparación a siglos anteriores.

Y así llegó el gran siglo 20, aquel siglo en el que la humanidad había vaciado todas sus esperanzas de un mejor futuro, aquel siglo con el que soñaban Wells, Verne y tantos otros...y dicha realidad mostró las grietas en las bases que, eventualmente, llevaron al derrumbe ievitable de los ideales utópicos.

Luego de dos cruentas guerras mundiales, una más salvaje que la otra, dos bombas atómicas, corrientes extremistas naciendo en todos los rincones del planeta, países y familias divididas por sangrientas guerras civiles en España y Corea, revoluciones de sangre, autoritarismo, comunismo, etcétera...todo en una cruel vorágine de menos de 60años. ¿Ese era el mundo que queríamos?

El hombre entró, de cierta manera, en un estado de confusión. La ciencia había extendido su vida, había hecho las distancias más cortas y le había dado empleo. Pero observaba como esos mismos avances llevaron a millones de vidas cegadas en guerras, como las dictaduras aprovechaban los medios de comunicación nuevos para oprimir ideológicamente y el colonialismo había hecho añicos aquella hipócrita convicción de que "todos somos iguales". Fue en el siglo 20 que el hombre se dio cuenta de que el mundo que creó no era un mundo mejor. ¿Resulta coincidencial que en esta época sea cuando surgen obras como Brave New World o 1984? 

La ciencia no iba a crear ese mundo ideal. Esa idea quedó desechada, junto a las ilusiones de los viejos revolucionarios y pensadores de la Ilustración. La utopía ha quedado atrás, pero la humanidad quiere aferrarse a la esperanza de que no todo está perdido.

Luego del terrible nihilismo y existencialismo del siglo 20, el hombre inicia este nuevo siglo ya no solo lamentándose de la utopía perdida. ¿Será que estamos en el inicio de otra era de pensamiento idealista? Creo que no. La tendencia a la multi-polarización y el foco en lo local antes de lo global, tal vez definan un nuevo estándar idealista, pero dudo que seamos tan tontos para volver a pensar que el sueño del mundo ideal es plausible. Quedará para mi recordar esto que escribo hoy dentro de 20 años y validar que tan en lo cierto estaba.